La mirada en la práctica psiquiátrica de Milton Erickson

 

Erickson no se limitaba a observar y hacer inferencias. Llegaba a programar observaciones; se podría decir que a provocarlas, para poner a prueba una hipótesis. En el caso ya mencionado de la mujer que dijo “marido amante”, Erickson no piensa: “Voy a observar cómo se sientan cien mujeres infieles y luego buscar las correlaciones significativas”. Él procedía de otro modo. Se preguntaba: “¿Cómo me contará su affaire matrimonial una mujer por el modo de sentarse en una silla? ”

Milton sostenía que las posturas, y actitudes de las personas expresan mensajes en un sentido interpersonal y no son meros datos del sujeto. Así como decíamos que el lenguaje es más funcional a la comunicación que al pensamiento, el lenguaje corporal y las conductas siempre están diciendo algo a otros. Aún cuando no haya nadie presente, actuamos como si hubiera observadores. Somos seres sociales y nuestro comportamiento debe ser congruente para los demás. Mucho de lo que llamamos intuición tiene que ver con la percepción de estos mensajes no verbales. En una reunión somos capaces de notar el “clima” social. Recuerdo que la primera vez que entré al casino de Mar del Plata, me impactó la tensión corporal de los presentes. Era un día fuera de temporada, por la tarde, y muchos de los presentes estaban intentando hacer “la diaria”, es decir, ganar un dinero extra. No estaban disfrutando del juego, sino desarrollando un trabajo de resultado incierto. En cambio, en el casino de Monte Carlo vi gente más distendida, hasta diría con mayor disposición a ganar, pero corriendo riesgos.

En cierta oportunidad, una amiga que tomaba una copa en un bar, se angustió repentinamente ante la llegada de un parroquiano. Un rato después este hombre estaba asaltando a los concurrentes. Las mascotas reaccionan ante las actitudes corporales de los humanos. Era el caso de mi perra Yogui; sólo ladraba a los transeúntes mal entrazados. Esto me recuerda la historia verídica que escribió Henry David Thoreau sobre un perro muy guardián. Un ladrón, que sin duda era un fino observador, terminó llegando a la conclusión que el animal respondía principalmente a la vestimenta de las personas. Por eso, cuando entró a robar a la casa, lo hizo completamente desnudo. Tan original era el modo de hacer inferencias de Erickson el de enseñar. Continuamente sorprendía a sus discípulos con ejercicios de observación del estilo de los koan Zen.

Los terapeutas Jay Haley y John Weaklan (1983) rememoran que en una ocasión Erickson les mostró una paciente hospitalizada y les preguntó: ¿Qué ven? Ellos, sabiendo que el doctor era hipnólogo, aventuraron una respuesta: “Está en trance”; a lo que el maestro respondió: “Es cierto, pero ustedes deberían haber observado que tiene una alteración neurológica en un lado de la cara”. Aquella era la observación significativa para el caso. Como el trompe l’ oeil, el “engaña ojo” de los artistas que pintan ventanas convincentes donde sólo hay paredes, aquí hay una intención deliberada de “atrapar” al ojo ingenuo; aunque con un propósito instructivo. Erickson sabía que la próxima vez estarían más atentos; más dispuestos a observar con el propio criterio que con el supuesto del maestro. Este tipo de enseñanza abunda en las historias Zen. Erickson se enojaba con los residentes hospitalarios cuando no hacían un diagnóstico propio.

Havens (1985) relata el modo en que Erickson condujo a un grupo de internos hacia la habitación de una paciente. Durante todo el camino les fue diciendo que aquello sería un ejercicio para que ellos desarrollaran su capacidad de observación, y haciendo un montón de comentarios sobre la importancia de observar y tal y cual. Betty Alice, la cuarta hija de Erickson, que oyó muchas veces la historia de boca de su padre, lo cuenta imitando sus gestos y con lujo de detalles. Erickson, que había dado la instrucción de observar en silencio, no dejaba de hablarles a los estudiantes sobre las enfermedades del pulmón y de hacer sugerencias, como que trataran de percibir algún olor particular en la respiración o que repararan en el ritmo, cómo subía y bajaba su pecho, etc.

Parándose junto a la cabecera de la cama, examinó de cerca a la mujer al tiempo que hacía preguntas que desviaban la atención del problema real. Después de un buen rato, ninguno había logrado notar que la mujer tenía una pierna amputada, el verdadero motivo de su internación. Nuestra mirada no se debe enfocar en una parte, sino en la totalidad de los fenómenos que observamos. Nuestro aparato cognitivo está modelado por nuestras experiencias. Todos tenemos supuestos que nos condicionan, por eso, es necesario abrir la mente no sólo los ojos. Debemos superar los preconceptos, obstáculos inconducentes, que además del trabajo profesional, mitigan nuestro disfrute de la vida.

Fuente: El terapeuta lúcido Tras la senda de Milton Erikson

 
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